Ella es delgada y tiene el cabello aún húmedo, recién bañada, como si saliera a su primera cita. “Hola, ¿sí vas a querer el servicio?”, me dice con una sonrisa un poco retadora y un poco más traviesa. Le respondo con una sonrisa y la siento a mi lado.

Un perfume sugerente le sigue como sombra. Su espigada figura, aunque con pronunciadas caderas, nalgas y senos, viste un ligero vestido que deja ver un coqueto sostén negro y la marca de una tanga sube hasta poco antes de su espalda baja. Contengo la respiración. Se voltea hacia mí y me dice “¿comenzamos?”.

Yo la llamo Ana. De hecho se llama así, aunque tiene unos dos o tres nombres artísticos. Mientras platicamos su nombre se le escapó al contarme una anécdota en la que su hermana le había dejado sin sus botas favoritas. Es hija, hermana, profesionista y escort.

Pero el servicio profesional en esta ocasión no es de carácter sexual, sino informativo. No son las paredes de un departamento o un bello motel temático las que nos alojan, sino las de un discreto café del centro de la ciudad de Puebla. Por eso, después de preguntarme con sensual voz “¿sí vas a querer el servicio?”, suelta una carcajada ante mi cara y dice: “No te creas, ¿cómo estás?”.

Ana vive con sus padres en una de las colonias de clase media baja de la ciudad de Puebla. Aunque, sin embargo, a ella no le va nada mal y ayuda a su familia. Su tarifa está en 1,200 pesos la hora, aunque si uno solicita dos horas la joven solo cobra 2,100 pesos. “Los 100 son por el taxista, que me cuida mucho”.

“¿Cómo iniciaste en esto?”, le pregunto mientras el mesero llega y nos ofrece la carta. Ella toma el papel laminado y se recoge el cabello. El simple movimiento de sus dedos sobre su pelo es ya un gesto demasiado sensual.

– Una amiga que conocí en el instituto (una preparatoria) la encontré años después y pues me contó que ella trabajaba de esto, y heme aquí.

Aunque Ana tiene un celular especial para cuando los clientes le llaman, también hay un segundo número para contactarla. Ahí, habla una mujer por ella, aunque contesta con palabras mucho más excitantes. “¿Que pasó papi? ¿Sí vas a querer? Te doy trato de novios, mi vida”. Pero esas palabras provienen de una persona contratada únicamente para contestar llamadas y luego agendar los servicios escort con las chicas que pertenecen a esta especie de agencia.

– Pero a mí no me controla nadie, eh. Nosotras de hecho le pagamos a esta chica porque así nos evitamos que nos hablen en situaciones comprometidas. Tú sabes. Una reunión familiar, el trabajo, no sé.

– ¿En qué trabajas?- le atajo.

– Antes trabajaba en ventas por catálogo, con amigas, familia, conocidas. Pero pues la verdad no me iba muy bien. Ahora soy totalmente escort y voy ahorrando, después de todo vivo con mis papás- toma un sorbo de café. Si bien tiene un lindo rostro, sus dientes tienen una ligera desviación, pero casi no se percibe. Tal vez su aura de sensualidad evita fijarse en algo tan pequeño.

– ¿Pero y si te hablan de noche?

– Pues les digo que por mi trabajo siempre ando de fiesta- se ríe.

La conversación dura un par de horas. En ese tiempo me comenta anécdotas de todo tipo que le han pasado a causa de sus salidas con los clientes. Ha conocido políticos, músicos, profesores universitarios, mujeres de edad media con interés por experimentar su sensualidad y muchas parejas.

– ¿Ah poco acá en Puebla, así de conservadores, tienes muchos clientes parejas?- le pregunto fingiendo sorpresa.

– ¡Claro! No son conservadores, son mochos.

Me encanta su forma de hablar. Es franca, pero con un lenguaje cuidado. En algunos de los servicios que se ofrecen por internet, las escorts que más cobran justamente argumentan el atributo de la buena conversación.
Me cuenta que en una ocasión una pareja constantemente la contrataba y logró desarrollar amistad con ellos. “Ya luego hasta me invitaban a las fiestas de sus hijos”. También dijo que en un par de ocasiones le ha tocado encontrarse con otras chicas escort en reuniones en que coinciden.Ana es una de las mujeres que por decisión propia ejerce el trabajo sexual. De acuerdo a información de Brigada Callejera publicada en www.bit.ly/16U9L2Nexpand en México hay unas 862,219 trabajadoras sexuales.

Según los cálculos que han hecho en esta organización civil sin fines de lucro, apartidista y laica, integrada por trabajadoras sexuales y otras mujeres solidarias, una mujer adulta que trabaja en el sexo sin estar forzada a hacerlo no se desgasta ocupándose de muchos clientes.

Dos terceras partes de las trabajadoras sexuales tienen entre 18 y 44 años. Su productividad de 1.5 clientes al día por seis días a la semana, lo que representa hasta nueve clientes en una semana entre 8.6 y 8.1, según el Instituto Nacional de Salud Pública en el año 2003.

En México, las trabajadoras sexuales adultas que ejercen la prostitución en libertad son 100,592; y 603,553 que lo hacen bajo esclavitud o servidumbre.

El ingreso de las trabajadoras sexuales adultas está calculado en poco más de 4,707 millones de pesos al año, de lo cual deben pagar a terceras personas -proxenetas, sicarios del crimen organizado y funcionarios – una tercera o hasta la mitad de sus ganancias.

Tomando como base a las más de 15,000 trabajadoras sexuales atendidas por Brigada Callejera en los últimos 15 años, una menor de edad de entre 12 y 18 años que ejerce la prostitución infantil o adolescente puede generar en promedio entre 1,500 y 2,500 pesos diarios de utilidades, resultantes de 15 a 25 servicios diarios.

Ana, quien me deja nuevamente su número de celular, el que usa para trabajar, es una de las jóvenes escort más afortunadas. Un trabajo libre y sin proxenetas por el que en un mal fin de semana puede ganar 6,000 pesos, es decir casi 30,000 mensuales. Pero estos cálculos tal vez los olvide, como muchos, solo se me quedará grabada en la mente su aroma, el dulce aroma del sexo opuesto.

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